La sociedad no es mera agrupación de individuos, en ella no solo están éstos en una transhumante desvinculación, sino que en cambio, en una constante interrelación. Los hombres en su vida, generan lazos de afecto, cooperación, solidaridad y conflicto con sus congéneres y las instituciones que rigen en un momento dado a la sociedad. Ello parece bastante evidente como para documentarlo y señalarlo en éste ensayo, pues en más de una ocasión lo hemos experimentado. Los hombres suelen agruparse, dentro de sus propias sociedades, con otros hombres, que tengan los mismos anhelos, los mismos intereses, y además, los defienden muchas veces arriesgándolo todo. Sin embargo, y aunque los hombres tengan intereses distintos, y luchen en su defensa, la sociedad muestra una extraordinaria plasticidad, suele permanecer aunque las generaciones pasen con el tiempo. Tal permanencia se debe en parte a la aceptación por parte de sus miembros, del sistema social al que están sometidos, al acatamiento de las normas de conducta, que son verdaderas instrucciones y modelos de ser, respecto a los hombres que impera. Sin embargo, sabemos a ciencia cierta que sistemas sociales evidentemente onerosos para gran parte de sus miembros, han permanecido incólumes durante siglos. Las sociedades esclavistas tanto antiguas como modernas, dan testimonio de la afirmación anterior. Esto nos señala que las sociedades pueden mantenerse intactas con una masa de descontentos. El cambio del sistema social, por parte de los descontentos, solo podrá ser realizado una vez que éstos tomen conciencia de su posición de desventaja y opresión frente a los privilegiados, pero ello no basta, deben actuar para modificar tal situación. Si no basta la sola aceptación, o si tal acatamiento suele ser inconcordante con la situación que se vive (aceptación y sumisión en condiciones de explotación), para mantener a una sociedad (entendiendo a sociedad como régimen de organización social, no como población), es necesario generar un sistema que provoque tal acatamiento, de manera artificial en los sometidos.
Ya en los capítulos anteriores hacíamos mención al proceso de sociabilización por el cual todos nosotros, como individuos integrantes del género humano, hemos transitado, y seguimos, hasta nuestros últimos días en tal tarea de amoldamiento de la personalidad por parte del grupo. Recordemos la enseñanza, es decir, el ingreso de las pautas conductuales a nuestro conciente. Ello revela, que hay ya, de manera insita en toda sociedad, un sistema que propicia el acatamiento artificial de los novatos. La misma sociabilización, por medio de las relaciones íntimas de familia, amigos, compañeros de trabajo, pareja, entre otros, contribuye a “formarnos” como seres adaptados al medio social.
Pero dicho sistema de enseñanza vía sociabilización, es aún insuficiente, puede fallar, pues está en manos de personas que muchas veces no tienen una relación de adhesión enconada y conciente con el régimen. La familia puede ser enemiga del régimen, o los amigos ser miembros de un partido que opone a tal sistema, otro, de diversa índole. Es por ello que los defensores del régimen deben generar otros mecanismos que provoquen acatamiento en la persona, que dependa no de cualquiera, sino de personal militante, especializado en la persuasión, la disuasión, o mas concretamente, en la represión del elemento desviado.
Cada sociedad, entendiéndola no solo como población o contingente, sino como unidad cultural humana, requiere de modelos o modos de ser, arquetipos de cómo bien hacer y obrar. En el feudalismo, los señores esperaban de sus siervos una actitud servil, sumisa y obediente. A esta actitud contribuía la iglesia y la familia, que en esos tiempos tenía una mayor influencia sobre el individuo que en nuestra época industrial y capitalista. En los tiempos modernos, se consagra el individualismo, el egoísmo y la atomización de las organizaciones sociales que promueven la defensa de lo más propio del ser humano, su sociabilidad (en cuanto relación entre hombres) y su trabajo (en cuanto relación mutuamente transformadora entre el hombre y la naturaleza). Se difunde una forma de ser adecuada para el régimen de organización social imperante, por medio de los denominados por Louis Althusser, aparatos ideológicos del Estado, que son los centros de difusión de la ideología dominante, que es la de la clase dominante.
Cada grupo humano, para mantener un esquema de organización en el tiempo, requiere de ciertas prácticas, instituciones de diversa índole, lazos que permitan conservar cierta cercanía entre los miembros, todos los cuales son mecanismos que permiten la cristalización de un orden social.
El derecho y el Estado, son parte de esta red de prácticas humanas, son parte del sistema de conservación social, pero también son canales de tratamiento del conflicto que siempre está en gestación al interior del grupo. Tal sistema incluye también a la religión, la educación pedagógica, el arte, los usos sociales, la moral, el lenguaje, la familia, entre otros, conforma instituciones que promueven formas de actuar, normas de conducta, patrones culturales, que moldean la personalidad del individuo en su proceso de sociabilización.
El status de institución, está dado por la objetividad de las anteriores estructuras. La objetividad refiere al reconocimiento actual que poseen tales instituciones. No consiste en la aceptación valórica de éstas, sino en una aceptación como realidades actuales y existentes que influyen en nuestra conducta. El derecho puede ser oneroso para gran parte de la población, pero en cuanto éstas lo aceptan como algo real, es objetivo ese sistema jurídico. De todos modos, y sin dejar de considerar lo anterior, el reconocimiento o aceptación de la institución como tolerable, bondadosa, incorrupta y desplegante, puede contribuir a mantener su objetividad, de la misma manera, el desacuerdo respecto a éstas instituciones puede minar, o incluso acabar con su objetividad. Una institución no será objetiva, en cuanto sea ignorada como tal, en cuanto su influencia sobre la población sea tan mínima, tan insignificante, que pierda el status de institución. Así es el caso de la esclavitud, la cual hoy en día carece de objetividad, aunque haya algún día existido, y marcó de manera importante a la historia universal. Perdió el carácter de institución jurídica en cuanto fue abolida por medio de actas, constituciones, leyes y otros documentos con fuerza legal, y perdió su status de institución económica, en cuanto la producción industrial dejó de requerir ésta mano de obra, ya que aparecen nuevas maneras de suplirla, tales como la máquina, que puede hacer el trabajo de muchos esclavos.
Si existe tal sistema de instituciones, que tienen como denominador común el conservar ciertas acciones humanas en el tiempo, cabe preguntar ¿cuales son esas prácticas protegidas por las instituciones que con antelación señalamos?, ¿por que son protegidas?, ¿que importancia tienen tales prácticas, para generar tal aparato?
Son acciones humanas que conservan al sistema de organización social imperante. Ninguna norma jurídica, por ejemplo, autorizaría a los ciudadanos a derrocar al gobierno legitimado por el mismo sistema, tampoco autorizaría tal ordenamiento jurídico la revolución social, a no ser que el productor normativo sea revolucionario, pero de todos modos, no toleraría tal gobierno revolucionario, la contrarrevolución. Cada sistema social tiene instituciones que contribuyen a cuidarlo del cambio. Es característica insita de todo régimen social (hasta ahora conocido) la autoconservación, el autocuidado, la protección de éste, sus instituciones y sus valores. Pero no debemos olvidar que tales instituciones son solo medios para la consecución de un fin, de manera que cuando tales instituciones “fallan”, es decir, no contribuyen al logro de la meta social, son sobrepasadas por la acción violenta, quitándole el velo al poder del grupo dominante. Situación tal sucede en el caso de ascenso de un gobierno revolucionario por vía institucional, es decir, observando los procedimientos establecidos para el normal acceso al poder político. Las fuerzas reaccionarias rompen la legalidad, esa legalidad a la cual estos mismos grupos contribuyeron a fortalecer y forjar para el logro de sus objetivos y metas. Es así como inician campañas terroristas, provocando el miedo entre sus oponentes, demostrando su poder a la población y generando un clima de intranquilidad e incertidumbre social que finalmente desemboca en la catástrofe, la cual suele ser controlada por las fuerzas dominantes, que se apoderan nuevamente del poder político, por vía de la dictadura. Un ejemplo bastante claro, es el de Chile en el año 1973.
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