El hombre se haya desde sus orígenes, íntimamente ligado, vinculado a otros, el individuo como tal, no es mas que una abstracción necesaria, pero no una realidad empírica. El partir considerando al hombre desde la mera subjetividad, es soslayar el elemento social del individuo, es decir, toda aquella instancia formadora que se imprime en la personalidad misma del individuo que integra a tal sociedad. Por otra parte, y no entrando en conflicto con las notas precedentes, el hombre es una especie (un tipo de ser específico), lo cual indica cierta naturaleza física, la cual es compartida por todos los miembros de la especie, así como las características éticas (obrar), técnicas (hacer) y cognitivas (saber), que emanan y son expresión de un patrimonio genético similar. El hombre es un ser animal y por consiguiente, está sujeto a relaciones con su medio (en el hombre sería mundo), y con sus congéneres, tal como toda la bestialidad que nos precede. Sin embargo, y resulta inexcusable la diferencia, el ser humano es capaz de transformar su relación con la naturaleza, conforme vayan cambiando las necesidades tanto emanadas de sus interiores que exigen la satisfacción de sus requerimientos (sexualidad, nutrición, tendencia hacia la sociabilidad), como de las exigencias que el régimen de organización social impone a los sujetos (la necesidad de dinero en cuanto ganancia en el régimen capitalista).
El vínculo entre el individuo (miembro de una especie) con sus iguales, también adquiere matices especiales en el hombre. En primer lugar, el hombre genera un mundo social, sobre la base de su relación con la naturaleza. No es posible la supervivencia y la reproducción sin el control de esta condición. Sólo una vez arraigada en la tierra, (sólo una vez que el trabajo, es decir, la relación mutuamente transformadora entre hombre y naturaleza genera un mundo material que satisfaga los requerimientos biológico-químicos propios del ser humano), la comunidad de hombres genera una organización, pero es perentoria la del trabajo de los mismos hombres. Forzosamente es así, pues no sería factible el vínculo laboral hombre-naturaleza, si no existiese un vínculo entre hombres para realizar tales labores. A partir de tales relaciones sociales abocadas a la producción, en cuanto generación a partir del trabajo de su mundo material, surgen las demás relaciones no naturales del hombre. Tales relaciones no naturales, aluden a las relaciones jurídicas (propiedad y obligaciones), políticas (gobernante-gobernados), en otras palabras, relaciones conductuales, que buscan del hombre no lo propio de su ser, sino una conducta preestablecida, predeterminada, y tales relaciones artificiales no han desarrollado a cabalidad las cualidades humanas naturales, sino que en muchas ocasiones, lo frustran (véase la esclavitud y el derecho romano, totalitarismos, bastan ejemplos en la historia). Hay relaciones naturales entre los hombres, en cuanto no generadas de las relaciones sociales de producción, aunque sí posiblemente influidas por ésta y sus derivados (véase derecho de familia). Entre estas podríamos incluir a la relación de amistad, de amor, de familia (por lo demás muy influida por el régimen social), de fraternidad, entre muchas otras. En tales relaciones, el hombre se realiza como tal. Es tratado y considerado como un fin en sí mismo y no como un medio para la consecución de fines ajenos a su naturaleza y a su voluntad. En la relación de amor, las parejas se realizan, son parte de un proyecto propio e íntimo, son creadores de un mundo nuevo dentro del viejo, del cual éstos serán los forjadores y diseñadores, en otras palabras, realiza su libertad. La relación de familia des-enajenada, es una consecuencia (no indefectiblemente) de la relación de amor, y en ésta se concreta el proyecto de pareja en una prole, es decir, existe la posibilidad de eternizar el legado tanto genético como cultural de nuestra persona en otro ser, nuestros hijos. La excesiva jerarquía entre padres e hijos, es un resultado de la atomización social, la desvinculación con las otras familias, la incomprensión de los padres, resultado de la enajenación provocada por un sistema de relaciones sociales de producción igualmente enajenado, es decir, no orientado al ser humano.
Anteriormente señalábamos la existencia de una naturaleza física que determina ciertas características en el saber, en el obrar y en el hacer humano. No se trata de juzgar moralmente al hombre como bueno o malo, tarea infructuosa e inadecuada. Es el hombre quien produce el bien y el mal. De lo que se trata es de descubrir las condiciones que permiten al hombre generar tales valores, y no nos referimos al hombre como individuo, lo repetimos, sino como conjunto de complejas relaciones sociales.
De las producciones humanas, de su hacer y obrar, proviene la cultura, que no sería mas que el mundo artificial generado por el propio hombre. Tal cultura, interviene de un modo inestimable en las personalidades de cada integrante del grupo social en que esta es producida, imprimiendo en el individuo la huella del obrar humano pasado. Un ejemplo claro, es la lengua castellana, que es producción del humano castizo para satisfacer un requerimiento como la comunicación. Desde sus primigenios momentos, hasta ahora mismo cuando escribo estas líneas para ustedes estimados lectores (no se cuando las leerán o si las leerán alguna vez), la lengua castellana ha influido en maneras de pensar, en viajes interoceánicos, en política internacional y nacional, ha estado presente el idioma en todas estas acciones humanas.
Pero dijimos anteriormente que el ser humano está desde sus momentos primigenios en una relación con otros, lo cual implica que el ser social se introduce en nuestra definición precaria, como verdadero imperativo. El niño se educa conforme a patrones establecidos por otros hombres, los cuales también se educaron por reglas de otros, y así vamos retrocediendo en el tiempo.
Entonces algunos podrían exigir que me retire de la audiencia por que hay cierta contradicción en el pensamiento expresado, pues ¿de donde salen esas reglas, el contenido de esa educación infantil?, ¿de un cielo inteligible, de Dios, de la naturaleza humana? De otros hombres, está claro. Pero si los hombres tienen cierta determinación social, interiorizada en éste por obra de la enseñanza, el trabajo, las reglas, ¿de donde sale el invento libre, el proyecto hecho realidad, es decir, la innovación?
Carlos Marx, la imponente figura intelectual y cultural de un hombre que quizá fue el que más ha influido en la historia contemporánea, con precisa contemplación, y acertada reflexión respecto a los hombres, nos señala en sus tesis sobre Feuerbach escritas en 1845 y publicadas recién en el año 1888 por Engels, como apéndice en su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.
“La teoría materialista que afirma que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación y, en consecuencia, de que los hombres modificados son, producto de otras circunstancias y de una educación distinta, olvida que son precisamente los hombres quienes modifican las circunstancias y que el propio educador debe ser educado”.
Pues es claro que el hombre es libre, es decir, actúa no solo conforme a patrones naturales o sociales, sino que también es capaz de hacer historia, hacer reglas de conducta, e incluso imponerlas a otros, o en palabras del mismo Marx, modificar las circunstancias a las cuales se halla originariamente circunscrito, lo cual refiere a nuestra capacidad de intervenir en el mundo natural y social. Influimos en los comportamientos ajenos, opinamos, expresamos ideas, arte, trabajamos y con ello producimos, satisfacemos nuestras necesidades, y con ello intervenimos en la naturaleza, interactuamos con ella, además de otras maneras, contemplándola, gozándola o contaminándola, pero como sea, intervenimos en ella. Pero sin olvidar lo anterior, tenemos, sin querer, sin que nuestra voluntad lo haya así requerido, una cierta determinación, nacemos en un país y no en otro, y en tal país se habla un idioma específico, que me lo enseñarán sin preguntarme siquiera si tengo o no el deseo de aprenderlo, mis padres profesan una religión, o quizá son ateos o agnósticos, y ellos de cualquier modo influirán en mis primeras creencias. Mas importante aún, nacemos en una clase social, la cual nos determina de muchos modos, pues los pobres comen menos que los ricos, se educan menos, viven menos, tienen menos oportunidades que ellos en las sociedades en que los hay, etc.
Si no es la sociedad, también la naturaleza nos determina de algún modo, no nos permite vivir mas allá de los 200 años, aunque así lo quisiéramos, nos hizo hombres y no perros, nos hizo aptos para caminar, no para volar, aunque está claro, el hombre es capaz de vencer muchas de las determinaciones tanto naturales como sociales. Volar fue un sueño que el hombre tubo durante centurias, y recién en el siglo de las luces, más específicamente en 1783, un globo aerostático construido y diseñado por los hermanos Montgolfier se eleva del palacio de Versalles, y en 1903, los hermanos Wright surcan los cielos de las praderas norteamericanas, en el primer avión de la historia. Es decir, el ser humano nace en cierta circunstancia que lo determina en parte, pero es capaz de vencerlas, por el uso de la razón que permite sopesar los medios de que disponen con las condiciones o supuestos de la acción.
No solo, como ya dijimos, existen determinaciones naturales, sino, en cambio las hay sociales, las cuales también pueden ser vencidas, por medio de revoluciones se puede acabar una situación jurídica injusta como la esclavitud o la servidumbre, es decir, el hombre con su actuar libre en el mundo, vence sus carencias y limitaciones, se impone en la naturaleza, y se impone así mismo otras formas liberadoras o esclavizadoras de existencia social.
Quizá esta sea una característica insita de nuestra especie, el ser interventores concientes en el mundo, y mas aún, generadores de nuestro propio mundo humano. Claro está que los vegetales llenaron la atmósfera de oxígeno hasta hacerlo habitable para el resto de las especies, intervinieron de un modo envidiable, quizá mas que nosotros, pero ello no fue porque estas pensaran de forma premeditada en realizar tal caritativa y magnánima obra, no lo pensaron, simplemente su determinación natural las hizo ser así. Si hubieran sido como nosotros los humanos, habrían pensado en mas de una ocasión mantener la posición de seres abastecedores de los heteróforos, quienes somos verdaderos parásitos de los vegetales, cabe la posibilidad de que éstas como seres pensantes, hayan simplemente creído que tal favor hecho a todos los seres vivientes, de proporcionarles oxígeno para que vivieran era muy graciosa y gratuita concesión, e incluso, habrían dudado en seguir haciéndolo, confeccionado ingenios para guardarse egoístamente para sí el oxígeno. Esta es la acción propiamente humana, intervenir de manera conciente en el mundo. Conciente revelaría cierta lucidez o cierto conocimiento reflexivo acerca de las cosas.
Nacemos con un cuerpo frágil, enclenque, precario, capaz de sucumbir ante las inclemencias del frío, del calor, de la amenaza de las bestias, o de otros hombres, pero nosotros confeccionamos abrigos, herramientas útiles, armas para la defensa y toda clase de artilugios, y ello es la cultura, el hacer y obrar humano, que nace del trabajo, aquella actividad privativa del ser humano consistente en la generación de su propio mundo material. Las necesidades alimenticias fueron las primeras en tener que ser saciadas (el hombre antes de filosofar y hacer política, debía alimentarse…Engels), lo cual, con un cuerpo poco adaptado para la caza fue infructuoso para nuestros ancestros. El equipo, la batería biológica del hombre es muy pobre, dentadura y mandíbulas poco fuertes, poco veloz en comparación con los felinos, poco alto en comparación con los elefantes y las jirafas, poco fuerte como los osos. Pese a aquella carencia, la naturaleza nos puso en primer lugar con dos pies en la tierra, lo cual nos permitió andar erguidos, lo cual consecuentemente determinó la agilidad y precisión de nuestras manos, aptas para el trabajo. Con aquellos miembros anteriores libres de actividades pedestres, y ocupados para labores múltiples tales como confeccionar artilugios de madera, nuestros ancestros desarrollaron en cuanto pasaron los siglos, su cerebro, el cual multiplico el número de sus conexiones neuronales, procurándoles la capacidad de entender su entorno, reconocer las causas de los fenómenos acaecidos en su mundo y de organizar socialmente el trabajo y la producción, lo cual generó la actual sociedad, su estado, su derecho, su moral y su religión. Resulta interesante observar la relación entre evolución humana y trabajo, en cuanto que la primera fue desarrollándose por causa del segundo, y el segundo fue desarrollándose en virtud de la primera. La necesidad fue configurando y transformando los órganos simiescos en humanos, a través de un largo proceso de evolución, que seguramente bordea los dos o tres millones de años. Primero, simios arborícolas con manos especializadas en trepar, coger frutos y actividades de otra índole. Segundo, por causas climáticas o de otra índole, los simios abandonan los árboles para habitar la sabana, donde el medio y la necesidad los constriñó a vivir erguidos. Tercero, las manos simiescas especializadas en trepar, se adaptan a la nueva vida de pradera, libres de labores propias de la vida arborícola. Cuarto, tales manos son utilizadas por los prehumanos para confeccionar herramientas propias de la vida se sabana, es decir, la caza y la recolección. Debido a la ausencia de garras, fuerza o velocidad, el hombre para las labores de caza y pesca debió producir herramientas, con lo cual fue generando su propio mundo material. Este desarrollo material no puede ser individual, pues como premisa sostenemos que el hombre es desde sus génesis un ser social en cuanto agrupado y relacionado con otros, de manera que el lenguaje como representación mental de las cosas y como consecuente exteriorización de tales representaciones, nace nuevamente de la necesidad de los hombres, de decirse algo y de decirle algo a su prójimo, de modo que los grotescos gruñidos de primates fueron perfeccionándose hasta decantar en el maravilloso órgano que tenemos para hablar . Pero ¿por que entonces ningún otro animal no goza de un lenguaje tan específico como el de nosotros? Pues tal pregunta se puede responder en el mismo mundo animal, por ejemplo las hormigas poseen un sistema de comunicación en base a las sustancias químicas emanadas de glándulas especiales. Tal sistema es de comunicación, puede ser tan específico como el del ser humano, y se generó en el cuerpo de la hormiga en cuanto esta en su evolución, tuvo que agruparse en grandes colonias dada su fragilidad individual. La necesidad crea el órgano. Pero ¿por que la hormiga no puede pensar?, siendo que en sus agrupaciones existe cierta organización social de la producción, siendo que posee un sistema de comunicación específico y siendo que posee una dieta omnívora. Ello básicamente es porque ellas no generan su propio mundo de existencia material, están en la naturaleza, intervienen en ella, pero no tienen facultad de dominio sobre ella. Solo el hombre sale de la naturaleza una vez que genera sus propias herramientas para proveerse de insumos elementales de vida. Solo así el hombre “se hace” hombre. Anteriormente señalábamos que la dieta omnívora provee al hombre del soporte bioquímico (proteínas, grasas y carbohidratos) que requiere para el desarrollo de su sistema nervioso central, particularmente el encéfalo. Así mismo, no olvidemos la contribución del lenguaje al desarrollo del cerebro, el cual genera en éste último una dimensión refleja del mundo real y existente. Con tal desarrollo, se logra el cerebro humano actual, del cual proviene todo lo que pensamos. De un mundo material, provino el mundo ideal, artificial, cultural (1). Con esto no pecamos de mecanicistas. No sostengo que el pensamiento sea del cerebro lo que la orina es de los riñones como sostenía el materialismo mecanicista burgués del siglo dieciocho (2). El pensamiento en sí, la idea, es algo inmaterial en cuanto exista un cerebro material que lo genere, lo retenga, “lo piense”. Mi concepto de las mujeres proviene de múltiples experiencias que he tenido al respecto, ya sean ajenas como personales, ya sean sociales como individuales. Pero tal concepto no es en sí un flujo material que tenga las características de la mujer, pues tal flujo solo es un código químico o físico que activa en mi mente las múltiples experiencias pasadas acumuladas y cifradas, adquiridas por los sentidos. El concepto “en sí”, como “cosa puramente conceptual” de mujer no puede ser reducido completamente a materia, aunque sí es certero asegurar que tal concepto proviene de nuestro estar en el mundo, y más aún, estar con otros de nuestra misma especie. Nuevamente se comprueba mediante un simple examen racional que lo ideal e inmaterial proviene de lo material. La materia suele organizarse hasta generar estructuras capaces de idealizar, como es nuestro cerebro. Solo con una compleja organización de las distintas células y demás estructuras, es posible pensar, proceso que se ha desenvuelto con el devenir de la naturaleza, es decir, su evolución.
Lo propio de lo humano, surge en la vida social. La moral, la técnica, la religión, la política, el arte, el afecto a otros, todo ello no es posible en la mera autarquía individual. Como hemos dicho y diremos más adelante, y como también nos señalo Rousseau, el individuo, es decir, la suposición de que el género humano hubiese quedado abandonado a sí mismo, es un estado que no existe ya, que acaso no ha existido, que probablemente no existirá nunca.(3)
Cada individuo, es la síntesis de sus relaciones sociales. Es la síntesis parcial de la historia misma de su grupo humano. Cada uno de nosotros, está cargado ya de una serie de costumbres, frases, palabras, imágenes, cuentos, mitos, canciones y acciones, provenientes de generaciones pasadas. Tales elementos, se encuentran escriturados ya en las memorias de los integrantes de tal agrupación humana. Cada uno de los miembros de una tribu, es una síntesis parcial de la comunidad entera, tanto la de los vivos como la de los muertos, es decir, tanto de las historias pasadas como del presente. Sin dejar de afirmar lo anterior, y coincidiendo con Marx en este sentido, debemos reconocer, el no mero determinismo histórico al que estaríamos condenados, pues todas aquellas cargas sociales, que cada uno de nosotros soportamos, cada sustrato histórico cultural que ha sido aprendido en el curso de la sociabilización y que se a asentado en nuestra memoria, es el resultado de producciones humanas, artificiales, que se generan por obra de los hombres en sociedad. Cada obra artificial, es decir, cultural del hombre, es un proyecto subjetivo que se llevó a la práctica, que se concretizó, que se hizo objeto.
(1) Federico Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, editorial Atneo, año 1986 Buenos Arires Distrito federal, ARGENTINA.
(2) Tal detalle no solo es mérito del autor del ensayo, autores como Erich Fromm, resaltan que el materialismo marxista no es compatible, sino contrario al mecanicismo positivista. Marx plantea que la base y fundamento del universo, consiste en su materialidad, y las diversas formas y movimientos que ésta adopte, pero en ningún caso obvia la existencia de una dimensión no material o no puramente material, lo que hace es derivar de la materialidad y su movimiento a la espiritualidad.
(3) Jean Jacques Rousseau, Discursos, Discurso sobre la desigualdad de los hombres, edición jurístas perennes EDEVAL, año 1979 Valparaíso CHILE.
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